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Los protagonistas del relato, que en ocasiones parecen sacados de las postrimerías del último Shogun o de una película de Kurosawa, fluyen y se entremezclan como si se trataran de peces Koi, símbolo de la persistencia y el esfuerzo, capaces de nadar a contracorriente y sobrepasar cualquier obstáculo para salir victoriosos y convertirse en poderosos dragones.
No podía faltar el monte Fuji, uno de los lugares más preciados del país Nipon. Mientras el volcán que lo alberga permanece dormido, una rapaz lo sobrevuela majestuosamente.
En algún otro lugar, la lolita sonríe deseando el click de la cámara y los luchadores de sumo se preparan para el combate final. Tradición y modernidad son las dos caras de una misma moneda.
El Shogun era un título japonés que designaba literalmente al “comandante en jefe para la destrucción de los bárbaros”.
Las lolitas de Japón son parte de un concepto, una subcultura nacida a partir de la negativa de las mujeres a ceder ante la conservadora sociedad japonesa